Reformar la policía es reformar una cultura
Por Luis Gonzalez Fabra
Darling Enmanuel Mercado Reyes no es el primero ni será el último de los ciudadanos dominicanos que muere a manos de un policía cuya misión era, precisamente, proteger su vida y garantizar su seguridad.
Las estadísticas indican que, en lo que va de año, 147 personas han fallecido en acciones policiales, 22 más que en igual período del año pasado.
Sin embargo, esa dolorosa realidad no significa que la reforma policial impulsada por el Gobierno haya fracasado. Por el contrario, tragedias como la muerte de Mercado Reyes confirman por qué esa transformación sigue siendo indispensable. Todos quisiéramos que avanzara con mayor rapidez, pero también entendemos que constituye una de las mayores esperanzas para construir una policía profesional, respetuosa de la ley y de la dignidad de cada ciudadano.
La reforma enfrenta dos desafíos distintos: transformar la organización policial y transformar la cultura policial. En lo primero se han registrado avances importantes; en lo segundo, aún está la tarea más difícil.
Hoy la institución cuenta con mejores normas, procesos más modernos y programas de formación más completos. Pero el verdadero reto consiste en modificar la conducta cotidiana de los más de 40 mil agentes que diariamente interactúan con la población.
No es una tarea sencilla. Requiere tiempo, perseverancia y una voluntad política sostenida. Reformar una policía significa, sobre todo, transformar personas: enseñar nuevos métodos de actuación, fortalecer el autocontrol, la paciencia, la tolerancia y el respeto absoluto por los derechos humanos.
América Latina ofrece numerosas experiencias. Son muchos los intentos de reforma policial, pero pocos han alcanzado resultados plenamente satisfactorios.
Colombia, después de los años más violentos del narcotráfico, modernizó su policía mediante el uso de tecnología, fortaleció la investigación criminal, incorporó formación universitaria para sus oficiales y estableció sistemas de evaluación del desempeño. Aun así, las protestas sociales de 2021 obligaron a introducir nuevas reformas.
Uruguay y Costa Rica también son citados como referentes. Este último ha privilegiado un modelo basado en la prevención del delito y la cercanía con las comunidades.
La revisión de estudios y organismos especializados deja una conclusión clara: ninguna reforma policial en la región ha sido perfecta. Todas han enfrentado críticas, retrocesos y nuevas demandas sociales. Pero también demuestran que es posible construir instituciones más confiables cuando existe continuidad en las políticas públicas.
Los especialistas coinciden en que el éxito no depende únicamente de comprar vehículos, cámaras corporales o equipos modernos. Descansa, sobre todo, en una selección rigurosa del personal, capacitación permanente, ascensos por méritos, salarios dignos, supervisión efectiva, sanciones contra la corrupción y mecanismos reales de rendición de cuentas.
La República Dominicana ha comenzado a recorrer ese camino. Los avances en formación, modernización tecnológica, revisión de protocolos y mejores condiciones laborales son pasos importantes, aunque todavía insuficientes para declarar concluido un proceso que apenas inicia. Ninguna reforma policial seria se consolida en dos o tres años.
La verdadera prueba será mantener este esfuerzo más allá de los períodos de gobierno y convertirlo en una auténtica política de Estado.
Porque el éxito de una reforma policial no se mide únicamente por la reducción de los delitos ni por la cantidad de patrullas en las calles. Se mide por la confianza que inspira en la ciudadanía. El día en que un padre vea a un policía acercarse a su hijo y sienta tranquilidad, no miedo; el día en que el uniforme vuelva a simbolizar autoridad legítima y no amenaza, ese día podremos decir que la reforma dejó de ser un decreto para convertirse en una realidad. Ese es el país que esperamos los dominicanos y esa es una deuda que el Estado no puede darse el lujo de seguir postergando.

